Colaboraciones
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Prólogo para el poemario "Estúpido Cupido" de Lionel A. Sanvega (2024)
Me subscribo al arte del no saber. El no saber vivir, el no saber decir que no, el no saber de amor ni de poesía. El je ne sais quoi sumergido en una zona de comfort que es una zona de desastre. Víctima, también, del Estúpido Cupido, de este Síndrome de Estocolmo, de un no querer estar sin ti, ni contigo. Ajeno a todo, y envuelto en un mundo que desconozco y me desconoce, como Lobo Estepario voy volteando páginas a la izquierda hasta que me encuentro con que “Por respeto, me he convertido en un experto en no saber de ti” y me duele de rabia el no haberlo dicho antes porque, quizás, estaba enfermo o pasaba una resaca, y Lionel A. Sanvega, que sí es poeta, y sabe bien que la mejor manera de olvidar es olvidando (no como se olvidan las llaves ni las fechas de los cumpleaños, sino olvidar de verdad, que se parece más a devolver la porción de arroz a la lacena cuando, de nuevo, se me pasa que ya no llegas a la casa para cenar) lo supo decir dos veces, por haber sabido decirlo primero.
Este poemario son dos cosas a la vez: el resultado de unos amores no correspondidos y, lo que es peor, una enciclopedia de amores natimuertos. Cómo sus páginas no se derriten o no estallan en combustión espontánea está fuera de mí. Quizás, es que no saben que ya nadie escribe del amor desde que Cupido pasó de ser un ángel en pañales para convertirse en un matón a medio tiempo, y los escritores dejamos de escribir sobre el amor que habita afuera y el que habita adentro (Deshabítame) y otras cosas nos robaron la atención. Entonces, no quisimos saber más de Benedetti ni de Neruda por pensar que al resolver el mundo se resolvería el corazón por añadidura. Me despierto en las mañanas, con mundo y corazón ardiendo aun en mis manos, sin saber si me toca pedir perdón o demandarlo a quienes dicen “ficción” como si dijeran “mentira” y a quienes declaman sus versos como escritos sobre las tablas de piedra del Monte Sinaí.
Pero a lo lejos alguien canta y debe ser Lionel que ha prestado su canción favorita y no se la han devuelto (Playlist). ¿Pero cómo hablar de las estrellas y del viento y de las olas que chocan contras las rocas, y de las símiles y las metáforas y las licencias que se toman para decir cosas que nadie entiende, cuando uno es hombre y se hace tarde y la comida se enfría sobre una mesa que no la va a volver a ver jamás? Quizás despierte un día y grite que estos versos, ni los míos, son poesía, sino tan solo intentos porque algo me dice que están cerca de escribir, en sangre, puño y letra, el código del éxito para que ella vuelva a ser feliz, pero aún no.
“Se fue con otro. Lo sé, aunque no me consta”, nos parece que dice el poeta en sus números romanos, como si hablara con un amigo, en lo que sospecho es una conversación que tendremos algún día, si no la hemos tenido en mis otras vidas. Ella se fue y se hizo inmaterial, pero dejó lo peor: su partida, lo que mata, la antimateria.
Ese Estúpido Cupido, qué manera de ser cruel a la romana. Hay verdades que no se dicen por ser muy ciertas. Hay amigos que se deben ver solo una vez al año. Hay catorce de febrero que deberían ser un martes de abril en los que no pasa nada, donde los Mon Cheri y los Ferrero Rocher en los pasillos de Walgreens no me hacen sentir existencial. Mientras hago la fila, recuerdo algo que leí en un escaparate, uno de esos martes que te cuento, mientras deambulaba por las calles de un país que no sabía pronunciar mi nombre. Algo que me recuerda este poemario:
“Me dijeron que pasara la página y te escribí un libro” Estúpido Cupido, you had one job.
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Comentario de contraportada para el libro de cuentos "La muerte del aire" de Natalia V. Galindo (2024)
Confieso que no soy un lector bona fide. Mi acercamiento a todo texto será siempre con una actitud escéptica, defensiva, pesimista. Me abro a los libros como me abro al amor: con malas intenciones, porque ambos me han roto el corazón demasiadas veces. Ahora, solo me ocupan los libros reales, los de carne y huesos, los que cumplen con la promesa de conmover como lo hace [insertar título], la primera colección de cuentos de Natalia Galindo.
Estos cuentos (y un poema) insisten en su intento de encontrar en el olvido el amor que ya no existe con la esperanza de dar con algún vestigio que demuestre que nuestra búsqueda de la felicidad no ha sido en vano. Entre amores obsesivos, principiantes, trotamundos, deformes, ausentes, salvajes, robados, culpables y demás, Galindo va construyendo mundos bajo una sola ley natural: el destino inescapable de estos personajes. Esto es, la insuperable tristeza de saber, a ciencia cierta, que la experiencia más trascendental no cambiará nada al día siguiente y concluir con estoicismo que la mala suerte, de tanto insistir, se ha convertido en la rutina y ya no estorba, porque hasta a los infortunios se acostumbra el alma.
Soy de los que piensa que es posible añorar un futuro que se sabe inalcanzable. Creo que algo de eso encierra [insertar título]: una invitación a imaginar algún pasado y repensarnos en el texto. Quizás así, dejemos de sentirnos tan culpables por las muchas veces que nos fuimos.
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Reseña del libro de cuentos "Los días raros" de Edgar G. Ríos Salgado (2023)
Existen días buenos, días malos y días raros. Quien más, quien menos, los ha tenido todos, pero según mi lectura, el autor Edgar Gabriel Ríos Salgado ha sufrido más de los últimos que de los primeros y eso es algo que vale la pena contar. Recientemente, asistí a la primera presentación de Los días raros (2023) convocada por la editorial Gnomo Literario como parte del programa de actividades del Gnomo Fest, en la Librería La Esquina. La pregunta, casi obligada, llegó temprano en la conversación: “¿Te sientes un escritor citadino o rural?” Ríos Salgado contestó, casi de inmediato, que se consideraba un escritor citadino, con lo que estoy de acuerdo; y aunque mi opinión sobre este particular importe muy poco, me explico: me parece que solo un escritor nacido en las zonas montañosa de la Isla Bendita, quien a conciencia ha huido a la ciudad en la búsqueda de esas experiencias metropolitanas, puede voltear su vista atrás para tratar de explicar, con nostálgica tristeza, lo que dejaron. Ahora, infectado ya con las fiebres y la decadencia de la misma ciudad que antes veía como salvación, Los días raros carga el espíritu del Valle de Collores, de aquella jaquita baya y de la pregunta siempre existente: quién es el irreconocible, ¿la jaquita o yo?...[Seguir leyendo]